«Que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel»

 

¡Qué bonito! Y que todos los niños y niñas tengan libros para leer y maestros y madres y padres que los ayuden a cultivar la imaginación y la creatividad, esos bienes, tan preciados como poco fomentados, que lo mismo te sirven para inventarte un cuento que para desarrollar una estrategia y salir airoso de una situación en la que los demás no veían puertas.

Pues sí, qué bonito sería que los libros, en cualquiera de sus formatos, estuvieran presentes todo el año, eso sí que es un deseo para una estrella fugaz. Claro que una cosa es pedir deseos y otra cosa exigir derechos. No todos tenemos el cielo a la vista, no en todas partes es la hora para las estrellas, lo de pedir deseos lo dejaremos para mejor ocasión. Para exigir derechos, sin embargo, siempre es buen momento y eso sí lo vamos a hacer. Queremos recuperar el derecho a la lectura de libros, novelas gráficas, tebeos…leer, leer y leer . Y poder elegir.

Recuperar el derecho a la lectura

¿Y dónde ha ido? A ninguna parte ¿Quien se lo ha llevado? Nadie. Entonces, ¿cómo recuperar algo que sigue estando ahí? Igual no va a quedar más remedio que recurrir a la magia para explicar que hay realidades que, por más delante de las narices que las tengamos, no vemos, sin embargo sí se notan sus efectos.

Los vemos, a ver si así nos vamos acercando un poco más a la resolución de este misterio o galimatías, que es mucho más bonito. Uno de los efectos más deseables del hábito de leer es el desarrollo de la imaginación a través de la que somos capaces de visitar lugares inexistentes o lejanos o cercanos pero, eso sí, sin movernos físicamente del sitio. Solo ese efecto, ese poder de la lectura, ya es para tenerlo en cuenta, pero hay uno mejor aún: el efecto de convertirnos en otros,  de vestirnos con otras pieles, ocupar otros cuerpos y seguir siendo nosotros mismos, eso se llama empatía.

Y con ese efecto es con el que nos quedamos en nuestra búsqueda porque también a ese efecto le está ocurriendo algo misterioso, también parece estar extinguiéndose en un mundo en el que se lee poco pero se escribe mucho, aunque se diga poco con lo que se escribe, poco que sume, que de restas vamos sobrados.

Y nos damos de bruces con otro galimatías

En La Cocina Encuentada llevamos tras la pista de recuperar ese derecho un buen puñado de años, y podemos asegurar que el proceso es reversible porque participamos de él, porque, de hecho, ya se ha invertido en múltiples ocasiones, aunque no se note, aunque los que leen poco o nada y escriben mucho -insistimos, aunque digan poco o nada- parezcan más porque hacen más ruido, aunque las políticas de animación a la lectura sufran recorte tras recorte, aunque la Semana del Libro sea solo una semana y como si de un programa de «postureo» televisivo se tratara, se muestren programaciones tan suculentas, tan repletas de actividades relacionadas con la lectura, que cueste creer que quepan todas en tan pocos días… a pesar de que seguirían llenando si prorrogaran porque son muchas más las  personas que se quedan sin ellas porque «no hay cama pa tanta gente».

Recuperar el derecho a la lectura, hasta para los que no saben que lo tienen, ya hablaremos de eso, se ha revertido con programaciones continuas, con asignaturas transversales, con voluntad de educar para la libertad de pensamiento que es el motor de una sociedad que busca se más justa, más autónoma y responsable. En La Cocina Encuentada seguimos haciéndolo ¿Quieres saber cómo? 

 

 

 

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